Movido por la admiración

Admirarse no es una tarea inferior. Hay quien piensa que nos hace pequeños, porque al admirarnos reconocemos lo que nos falta, descubrimos nuestras imperfecciones. Aristóteles dice que “quien se admira, reconoce su ignorancia”, y eso es tanto como mostrar las propias cartas, especialmente cuando pretendemos vivir nuestras posibilidades al límite y sin fisuras. Pero cuando Aristóteles habla en la Metafísica de la admiración, no es para infravalorarla sino para incluirla entre las tareas que nos ayudan a despertar.

Cada vez que me admiro por algo, o por alguien, doy un paso hacia su comprensión, reconozco que no lo sabía todo, había dejado escapar detalles que ahora sé necesarios para que mi conocimiento, mis juicios, mis sentimientos incluso, no acaben siendo atrevidas maniobras de mis miedos para creerme superior y concluido.

Pero reconocer la ignorancia es una aventura, nunca sabré cómo va a acabar ese camino que me adentra en un conocimiento interior, que me aleja de mis seguridades, que interpreta lo que soy sin pedir permiso a la imagen de mí mismo que tanto me cuesta mantener. El límite de mi admiración acaba siendo mi soberbia, y esa forma tan fina para autoconvencerme de que ya lo conozco todo, especialmente si tengo que hablar sobre mí.

Me admiro porque sigo sin comprender del todo quién soy y como me manejo en esta encrucijada de pasados y futuros. La admiración, entonces, cuando soy capaz de hacerla parte integrante de mi soledad ante tanto como ignoro, me salva de los muros obstinados, de los brazos caídos, de las tristes quejas que me quieren convencer de que poco más se puede hacer. Me admiro porque no me sabía capaz de ser mayor que mi confinamiento, porque ignoraba la fuerza inmensa de supervivencia y confianza en personas que siempre he sentido débiles de fe en sí mismos. Me admiro con los niños y jóvenes que exploran encerrados nuevos mundos, ocultos durante tanto tiempo ante sus sentidos, y se adentran para conquistarlos, y se prometen no ceder un palmo de la nueva propiedad interior incorporada. Me admiro con las personas mayores, tachadas tantas veces de pasivos ante la vida y sus novedades, embarcados ahora en redes, videollamadas y mensajes, que ya no temen manejar porque les integra a una esperanza compartida. Me admiro con quienes no cuentan los días llevados ni el tiempo por llevar, quienes han convertido las rutinas en canciones y las terrazas en jardines, con quienes se hacen preguntas y ya planifican cómo vivir tanta novedad descubierta, tantos talentos reencontrados.

No sé si acierto al decir que ignoraba todas esas cosas, he vivido con indicios de su existencia pero no siempre los he escuchado, he leído muchos libros y pocas vidas, ahora lo sé, y he pisado territorios inexplorados sin querer reconocer lo extraño de mis ideas en cada uno de ellos. He sabido, pero no siempre me he admirado. Y al hacerlo ahora, soy consciente de las torres de fortaleza que han hecho sombra sobre esas verdades, en mí mismo y en aquellos con los que camino, tantas cosas que no he querido ver, que he dado por sabidas. Es una paradoja, me admiro de mi permanente ignorancia. Pero doy eternas gracias por mi capacidad para la admiración, “pues los hombres comenzaron y comienzan siempre a filosofar movidos por la admiración, (Aristóteles, de nuevo).

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