#revueltademujeres

Hace unos días que vengo siguiendo el movimiento de revuelta de mujeres en la Iglesia, y aunque sé de buena tinta que ni es una moda ni se trata de algo nuevo, me ha sorprendido favorablemente el eco que está teniendo, la imagen ofrecida y el lema elegido.

Si hay un ámbito social en el que más necesaria y urgente es la igualdad, sin hacer de menos otros, es la Iglesia. A estas alturas ya no es una justificación el hecho de que ha habido avances considerables en los últimos años; pocos hay, aunque los hay y hacen mucho ruido, que sigan pensando aquello de que las mujeres tienen su puesto en la Iglesia y son muy importantes para la misma. De ahí la fuerza de su lema: Hasta que la igualdad se haga costumbre. Porque no consiste en crear espacios de igualdad si esta no aparece por sí misma, no se hace costumbre, si continuamente se pone por delante que las mujeres son una fuerza viva, que construye comunidades eclesiales (muchas de esas comunidades sobreviven gracias a la presencia fiel de las mujeres), que el problema es que quieren mandar y dirigir a pesar de que la Iglesia es servicio y se debe definir por serlo.

A lo largo de mi vida como creyente, más especialmente desde que soy consagrado y sacerdote, he escuchado pacientemente muchos de estos argumentos, que cada vez entiendo menos. No creo que la Iglesia deba modernizarse para hacerse al mundo en el que celebra y vive y siente, de acuerdo, en realidad sí creo que debe estar en el mundo al que sirve y al que pertenecemos sus miembros, pero en la cuestión de las mujeres en la Iglesia ese argumento se me queda demasiado corto, casi lo considero hiriente. Si hemos de alcanzar una igualdad como costumbre no es maduro pedir que se consiga porque es el camino que recorre el resto de la sociedad, sino porque así debe ser el rostro de la Iglesia, integrador, igualitario, plural. Esto no puede ser una lucha por ganar derechos, sino por representar más fielmente la realidad del cuerpo de Cristo.

Me decían mis sabios profesores de teología, ya comenté en otra ocasión que todos fueron varones y todos sacerdotes, que la Iglesia no puede permitir el acceso de la mujer al sacerdocio ministerial no porque no quiera, sino porque no sabe si puede hacerlo. Y así andan algunos, esperando una revelación divina específica sobre el asunto, sin atreverse a dar un solo paso o a escribir un solo comentario al respecto. Sinceramente, no he conocido a ninguna mujer que me haya reconocido que ese fuera su objetivo cuando pide un cambio en la Iglesia. Ni el fin es mandar ni el argumento contrario puede ser el desconocimiento de las intenciones de Jesús. Seamos serios.

En Suesa, Cantabria, hay un pequeño monasterio de trinitarias que desde hace ya un tiempo, han asumido un papel protagonista en este camino, sin pretender hacerlo. Ellas entienden que ser mujeres en la Iglesia, y además contemplativas, no las anula, no clausura sus opciones vitales, no adormece sus sentidos, no las priva de hacer teología, de reflexionar en voz alta sobre Dios, no las limita a hacer dulces o a bordar mantos. Entienden que ser mujeres en la Iglesia supone una responsabilidad para otras mujeres, y también para los varones, y por eso han tomado las riendas de su propio destino, siempre desde un discernimiento abierto y amable, plural, a pesar de que siguen sin recibir esa misma amabilidad y pluralidad en quienes solo encuentran argumentos machistas y miradas perdonavidas.

La revuelta de estas monjas trinitarias está centrada en el descubrimiento de sí mismas, no necesitan que otros, denótese el masculino del pronombre, las reconozcan o las dirijan; su fuerza está en el contacto personal con Dios, la Ruah que alienta encuentros y embellece gestos y palabras; ellas siguen el camino de aquellas otras mujeres que hicieron vivo el Evangelio de Jesús, las que miraron la Pascua con ojos despiertos cuando otros, de nuevo el pronombre, se escondieron y buscaron respuestas en leyes y tradiciones; ellas, como monjas trinitarias, hacen costumbre y realidad la circularidad de Dios-comunidad, limando las aristas creadas por quienes citan con más autoridad el Derecho Canónico que el Evangelio de comunión.

Hasta que la igualdad se haga costumbre, y una vez hecha costumbre se haga identidad, y la Iglesia sea para todas, y para todos, signo visible del Reino de Dios. Me siento parte de esa búsqueda, porque si esta revuelta no es también mía será solo una anécdota, por eso me entristecen los argumentos fáciles, las miradas de soslayo, las medias sonrisas, y me apena ver que son pocas aún, pero al mismo tiempo me alegra ver salir sin miedo, nuevamente, a las mujeres que encienden el fuego de la Ruah, que reclaman la Pascua de la Vida como el tiempo de la Iglesia.

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