“¿A qué me llamas?”

Mi último día en Buenos Aires lo he pasado en una “villa miseria“, concretamente en Walde, todo un cambio de mundo a sólo un paso de donde creía seguir pisando calles europeas. Allí en medio hay una comunidad trinitaria, sencilla y acogedora, pero también desde la valentía de quienes se atreven a mirar cara a cara los renglones más torcidos de Dios y, en lugar de lamentarse o ir de un lado a otro dando conferencias sobre la pobreza de los últimos, se hacen ellas mismas últimas porque, entre la basura y las aguas fecales que llenan las calles de la “villa“, entre los “ranchitos” (chabolas de madera) y el barro, escuchan el susurro desgarrador de un Dios Trinidad que se hace más circular, más encarnado, más nuestro, que en ningún otro sitio del mundo.

Después de comer y compartir la oración con la comunidad hemos hecho un pequeño recorrido por la “villa”, visitando a algunas familias que con la naturalidad que da pasarse la vida esperando, les faltaban dedos en las manos para ir desgranando penas y miserias. Calles llenas de basura, ríos a ambos lados, formados por los desagües de los ranchitos, y niños, porque en medio de todos los infiernos de este mundo parecen verse sólo niños, descalzos, con ojos como soles, de los que se asoman indiscretamente al alma del que los mira y abofetean en silencio todos los principios y conocimientos que guardamos con esmero, incluso los teológicos, especialmente los teológicos.

En uno de esos ranchitos hemos visitado a la familia de la Señora Luján. Nada más entrar en la única habitación, salón-cocina-comedor-dormitorio, me ha invadido a partes iguales el olor del lugar y el dolor de mi conciencia. En un rincón, echada en un colchón, estaba Luján, no tiene piernas y casi ha perdido la vista, en parte porque hace diez años que no sale de su ranchito“¿Qué tengo que ver ahí fuera?”, me ha dicho cuando he intentado animarla a que saliera para ver la primavera, “En la villa no hay primavera, eso es para otros”. Tenía la impresión de haber pasado yo también ciegamente por esas veredas embarradas, ya sé lo que me faltaba. El esposo de Luján, Tomás, nos ofrece un jugo, por  supuesto es del tiempo, no hay frigorífico, y nos presenta a Iván, su hijo de dieciocho años, a él también tuvieron que cortarle las piernas hace cuatro años. Otra hija de Luján y Tomás se fue hace dos semanas, no saben de ella. La mayor, Olga, se suicidó allí mismo, en esa misma habitación, hace diez años, asfixiando antes a su bebé de diez meses, cansada de no ver nunca la primavera.

En ese momento el dolor se estaba haciendo intenso en mi interior, contenía unas lágrimas que luchaban por desbordarse, porque llorar ante esta miseria es más que un gesto de impotencia, es un acto de cobardía. La Señora Luján me llamó y con la voz muy suave y un rostro lleno de dulzura me ha pedido que la bendijera. Acercándome a su oído y tomando su mano entre las mías le he preguntado quién es Dios para ella en medio de tanto dolor. Luján me ha mirado, me ha mirado, sí, y tras un silencio eterno me ha dicho, “Llevo diez años en los que casi no hablo, después de todo lo que nos está pasando no sé qué decir, pero me gusta quedarme aquí sentada y escuchar a otros, especialmente cuando vienen las hermanas y me leen el Evangelio. Entonces, con todo lo que le ha pasado a mi familia, en este lugar y en esta hora, sólo me queda decirle a Dios, ¿A qué me llamas?”

Cuando más tarde hemos celebrado la Misa en casa de las trinitarias, con un buen grupo de gente de la villa, no podía quitarme esas palabras de la cabeza, ¿A qué me llamas?, y todas mis dudas, y todo mi dolor, quedaban concentrados en ellas.

Dicen que es necesario subir al cielo para saber realmente cuál es nuestra vocación como cristianos, hay quienes se quedan a vivir allí para siempre. He comprendido que es en el infierno donde Dios nos está llamando, el infierno al que Jesús bajó, el único lugar teológico donde escuchar la llamada de Dios es siempre un brote de primavera.

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