La santa rebelde: Madre Bonifacia

Benedicto XVI canoniza a Bonifacia Castro, fundadora de las Siervas de San José. Una mujer, una religiosa, que como tantas otras del mismo período histórico supo leer los signos de los tiempos y encontrar resquicios por los que reencontrar a Dios y a la sociedad. Y lo supo hacer desde la compasión, ganando una nueva justicia para las mujeres trabajadoras.

Hoy el Papa proclama santa a Madre Bonifacia. Pero no nos engañemos, no se trata de ningún sesgo de modernidad eclesial, ni siquiera de un guiño al lugar de la mujer en la sociedad y en el mundo del trabajo, que aún hoy sigue reclamando sus derechos, especialmente ante la Iglesia. Como al resto de santos, y siguiendo unas normas que poco tienen de actuales y de positivistas, a Madre Bonifacia la hacen santa porque “ha hecho un milagro”.

El milagro consiste en curar a un hombre desahuciado por el único médico de un pequeño hospital perdido en la sabana congoleña y dirigido por las Siervas de San José. Lo triste de esta buena noticia es que en la Iglesia seguimos prefiriendo “jugar a médicos” a “jugar a superhéroes”, premiamos la dudosa curación extraordinaria de una sola persona por encima de la vida, el proyecto y la lucha que salvaron miles de vidas y de familias de la pobreza, de la ignorancia, del desamor.

Madre Bonifacia es santa, lo merece para que su visión siga presente en este mundo que olvida la compasión, soy testigo de ello en la misión de sus hijas, las Siervas de San José, que hacen de sus casas hogares de Nazareth. Pero todo pasa por la absurda criba de lo milagroso, casi de lo esotérico. Antes que pagar este tributo me quedo con Madre Bonifacia, la aureola de Santa Bonifacia no la hace “santa de mi devoción”.